El reciente caso de un exministro que ha puesto en la palestra al actual presidente de Colombia Gustavo Petro, al acusarlo “formalmente” de que es un drogadicto, no solo demuestra un acto malintencionado por parte de quienes hoy ostentan una intuición acerca de este presunto, sino que pone en evidencia, la constante estigmatización en la que se encuentran las adicciones en nuestra sociedad, especialmente a las drogas, hecho que acompaña a una lucha contra las mismas con resultados mixtos (No necesariamente efectivos) teniendo como efecto una discriminación normalizada y por tal, excesiva pero por sobre todo oculta, la cual obnubila nuestra comprensión hacia las mismas y pone un bache en el camino al que debemos transitar para su erradicación como un problema que desde siempre ha golpeado a la sociedad moderna y posmoderna.
De la misma manera como estigmatizamos el consumo de las diversas
sustancias psicoactivas que existen, poco saludables en efecto pero que son sin
duda alguna, el indicador de una sociedad que navega entre los conflictos de la
psique y la cultura, se estigmatizan las adicciones y estas, (lejos de
catalogarlas como trastornos y mucho menos “enfermedades”, puesto que son a mi
parecer, condiciones únicas en la mente humana) hacen parte de la complejidad
de uno de los sistemas más sofisticados que existen en la naturaleza: las redes
neuronales (Células nerviosas y sinapsis), las mismas que conforman nuestro
cerebro y nos convierten es seres activos dentro de algo que solemos llamar
existencia. En otras palabras, estigmatizar el consumo de drogas y las
adicciones en general, es radicalizar las condiciones que afectan la salud
mental de las personas, discriminarlas, segregarlas para finalmente aislarlas,
condiciones que bajo esta dinámica terminan en el menosprecio, el castigo, la
burla etc. por parte de una sociedad acostumbrada a mirar la superficialidad y atacar
los problemas sin ninguna profundidad.
Una reconocida periodista ha citado a un psiquiatra (aunque no dice su nombre,
pero es posible se trate de la doctora Marián Rojas Estapé) afirmando que las
adicciones configuran nuestra forma de actuar y de vivir, sugiriendo que la
presunta condición de consumo de drogas del presidente colombiano podría estar
afectando en su forma de dirigir el país, que, para ella al parecer, ha sido
desastrosa. Ella a su vez hace enfasis en ciertas conductas del presidente
como sus ausencias, llegadas tardes, comentarios fuera de lugar etc. omitiendo
que este supuesto “comportamiento errático”, puede verse tanto en personas
sanas como pacientes psiquiátricos y no obedecen necesariamente a un problema
de adicción a alguna sustancia. Hay personas que son consumidores habituales de
diversas sustancias psicoactivas, sin que esto afecte en lo más mínimo sus
actividades cotidianas y por, sobre todo, su responsabilidad frente a sus
deberes y quehaceres laborales, como también hay pacientes medicados con
fármacos como los inhibidores, ansiolíticos, estabilizadores etc. que podrían
no presentar ninguna de estas conductas o comportamientos erráticos, salvo que
interrumpieran el tratamiento. De manera que la periodista, sin darse cuenta,
no solo está construyendo una narrativa engañosa y malintencionada en torno al presidente,
sino que también, estigmatiza el consumo de sustancias en una sociedad que cada
día más, recurre a las mismas como una estrategia de afrontamiento.
Inmediatamente se hacen las presunciones acerca de la adicción del
presidente, aun cuando la periodista afirma que, dentro de este juicio a priori,
se configuran las acciones de campaña de desprestigio hacia la gestión del
presidente por parte de sus opositores. La carta (tanto de la señora periodista
como del exministro) contradice esta preocupación, colocando de nuevo en boca
de la oposición del presidente (que en muchos casos resulta ser engañosa y
malintencionada) su presunta adicción a las drogas, llevando a muchos de sus
más férreos detractores no solo a una poco saludable campaña de desprestigio hacia
una persona, sino a la estigmatización de los consumidores de sustancias, valiéndose
de lenguaje peyorativo y reduciendo el consumo de las drogas como si se tratara
de un problema de cada quien y no una problemática inherente a una sociedad
enferma, cuyos gobiernos siempre buscan lidiar con ella bajo una interminable y
casi infructuosa lucha para evitar que lleguen a la gente, sin atacar el
problema de raíz que entre tantos, prima el de no garantizar un estado de
bienestar para las personas.
Cuando vemos personas burlarse peyorativamente del problema de adicción
(cualquiera de ellas) o consumo de sustancias psicoactivas, estamos viendo el
reflejo de una sociedad que aún con los grandes avances y conocimiento que
tenemos sobre el cerebro humano y sus múltiples condiciones mentales únicas (a
menudo llamados trastornos o enfermedades) sigue tomando a la ligera
la salud mental de las personas y, por consiguiente, como ya se había mencionado,
llevándonos a la discriminación injustificada y aislamiento de un sector
considerado ciegamente como marginal, con consecuencias nefastas como lo que ha
venido sucediendo recientemente en las ciudad de Medellín (Y otras ciudades),
con el asesinato y desaparición de personas bajo estas condiciones. Es así que
esta situación, es de nuevo un llamado para que todos los sectores de la
sociedad comiencen a considerar la importancia de generar un cambio hacia la
percepción y el tratamiento de las condiciones mentales de las personas.

