Desde hace años hemos estado reflexionando acerca del actual sistema electoral y todas las problemáticas que genera la participación democrática y la política en general, el sostener un sistema que, si bien obedece al pie de la letra el espíritu del libre mercado y como tal de la "democracia", ha demostrado su fracaso y evidente obsolescencia.
El caso del actual presidente de Colombia
Gustavo Petro y el presunto ingreso de dineros ilícitos a su campaña, vuelve a
poner en la palestra el tema de la influencia de los grupos ilegales en la
política y la malversación de fondos, situación nada novedosa en nuestro país
puesto que el ingreso de dineros irregulares a las campañas políticas es algo
que sucede todo el tiempo, sin contar que, como lo revela el sonado caso
Odebretch, los sobornos son el panis
cotidie en el delicado y muy difícil asunto de controlar, fenómeno de la
contratación estatal.
El sonado proceso 8000 que involucró al
presidente de la república, el liberal Ernesto Samper Pizano, marcó un antes y
un después en el imaginario político colombiano, ya que este escándalo (En el
cual el cartel de Cali habría financiado la aspiración presidencial de Samper y
qué terminó con la condena del jefe de dicha campaña, el exministro de defensa Fernando
Botero), ha sido un referente para esta cuestión tan recurrente en épocas
electorales, y que se sigue sucediendo en casos, eso sí bajo ciertos matices,
como la Yidis Política, Odebretch, y el más reciente escándalo del
narcotraficante asesinado, José Guillermo “Ñeñe” Hernández quien habría
financiado presuntamente la campaña del presidente Iván Duque. Todos estos con
el particular, de que nunca fueron impedimento para que los candidatos pudieran
ejercer su mandato.
Pareciera que la historia olvidara por medio
del proceso 8000 que antes del mismo (Como si se tratara de un filtro), según documentos
desclasificados de la agencia FBI de 1990 y publicados en 2012, el cartel de
Medellín habría financiado a varios representantes políticos en Antioquia,
incluido el senador y eventual presidente de la república Álvaro Uribe Vélez.
Según el análisis de expertos, para aquella época era muy difícil saber cómo se
manejaba el dinero en las campañas y considerando dicha situación, sería casi
imposible saber si algunos otros políticos que antecedieron los casos ya
mencionados, captaron dinero de manera irregular, por ende, no tenemos
registros verificables, por lo menos no para la opinión pública.
La economía del libre mercado, base del
capitalismo actual, nos ha dejado valiosas enseñanzas acerca de lo que se “oferta”
y lo que “vende” realmente. El creciente poderío de muchas empresas organizadas
como monopolios, oligopolios, keiretsus, corporaciones etc. nos muestra que
incluso la dinámica más libre del capital está supeditada al poder y como tal, a
cierto grado de autoritarismo y esto lo evidencia el fenómeno conocido como
“cartelización”. La influencia de estos grandes conglomerados económicos, es en
gran parte, la que mueven los hilos de la política en el país y no es de
extrañar que cada uno de estos grupos cuenten con sus propios representantes:
Los partidos políticos, y como tal, su influencia tanto en instituciones como
en funcionarios del estado es muy grande, porque calan justamente en el
imaginario político, que no es otra cosa que pisar el terreno de las
ideologías.
Paralelamente a esto, encontramos los grupos
llamados irregulares, (que no es otra cosa que el crimen organizado), con los
que contamos desde organizaciones delincuenciales, narcotraficantes, hasta grupos
paramilitares y pseudo-guerrillas, quienes también cuentan con un enorme poder
adquisitivo (Un ejemplo: el cártel de Sinaloa según la DEA, percibe ganancias
por cerca de $11.000 millones de dólares al año y su influencia transnacional
crece cada vez más) Estos grupos intervienen tanto en política como en economía
liderando muchos sectores que son usualmente los más utilizados para el lavado
de dinero, como el sector de la construcción. No es de extrañar que los
terribles tentáculos de la economía ilegal hayan alcanzado también al sector
empresarial del país (Según fuentes, el narcotráfico representaría en Colombia
el 4.5% de su PIB, sin duda alguna esta influencia es más que evidente)
El caso de México y Colombia son muy
particulares, ya que, con el creciente poder de estos cárteles, se ha manchado
a los políticos que reciben dinero, bienes e incluso protección de estas
organizaciones. Estos a su vez son influenciados por el sector empresarial o
contratista, creando un lazo que termina por enmarañarse en un nudo difícil de
desenredar. Entonces vemos como la política del país que debería estar al
servicio del ciudadano, especialmente del más vulnerable, termina sirviendo a
los intereses de los grandes capitales, sea de donde sea que estos provengan.
El asesinato sistemático de funcionarios
públicos como jueces y agentes de la policía y el ejército, entes que trabajan arriesgando
su vida para hacer justicia y procurar el orden, la masacre de líderes sociales
que trabajan en favor de las comunidades abandonadas literalmente por el estado,
y la persecución, amenaza y muerte de valientes periodistas que se atreven a
denunciar la corrupción del sector público, político y empresarial del país,
nos muestra como el capitalismo de libre mercado, opera en gran parte de
nuestros países bajo un constante, solapado y en muchas ocasiones impune
accionar (como el caso del recién asesinado periodista Rafael Moreno) de los
sectores ya mencionados.
El terrible fenómeno del acaparamiento de
tierras (Que pareciera ser invisible ante nuestro imaginario colectivo), es una
realidad que muestra como grupos armados valiéndose del terror, sumado a los
constantes enfrentamientos entre grupos ilegales y fuerzas armadas, provocan el
desplazamiento masivo de comunidades de sus tierras, que al final terminan bajo
el control de estas organizaciones criminales. La finalidad de dicho
acaparamiento va desde el establecimiento de rutas del narcotráfico, la
explotación ilegal de recursos, la ampliación de campos del cultivo de plantas para
fabricar drogas ilícitas, hasta la venta de dichos terrenos, que en muchas ocasiones
gracias a las trampas burocráticas terminan legalizadas tras su despojo, en
manos de empresarios, políticos e incluso comunidades religiosas.
De esta manera nos damos cuenta que lo que nos
OFERTA el Laissez Faire, el
capitalismo del libre mercado no del todo es lo que nos termina por VENDER, es
una libertad falsa, manejada elaboradamente por las estrategias de percepción (el
marketing si lo prefieren), todo esto constituido por una maquinaria mediática,
que sin duda alguna más que constituir el “cuarto poder”, un poder alterno
capaz de trastornar la realidad al beneficio de este capitalismo catalogado en muchas
ocasiones como salvaje. Esta escasa transparencia evidentemente sesgada por las
absurdas ideologías partidistas, constituye en una bien solapada manipulación
de la percepción ciudadana, a la que se obligan los medios de proporcionar información
parcial y rigurosa a la ciudadanía, ¿No constituye acaso esto en una franca
violación a los derechos civiles? ¿Dónde queda la libertad cuando en Colombia
son dos o tres los medios con más poder (Los llamados tradicionales) los que
terminan por influir en el consciente colectivo, la percepción política que
termina de verse reflejada en las urnas y demás decisiones democráticas? En este
punto recuerdo cuando un activista confrontó a uno de los delegados en las
famosas reuniones del Club Bilderberg, en el que este de manera tajante y fría le
contestó. “Ustedes los ciudadanos son los responsables de lo que pasa en el
mundo, ustedes son los que eligen” Mas o menos es lo que decía.
Desafortunadamente este accionar, este laissez faire es el mismo que maneja la
propaganda política, la maquinaria electoral que hoy nos lleva a elegir a
nuestros funcionarios más importantes, aquella que abrirá el camino donde
confluye el destino político de cada nación. El candidato se oferta al pueblo
como un producto más, como una baratija en muchos casos, la intensidad de su
campaña es directamente proporcional al dinero que se le inyecte a la misma. De
ahí surge un problema, que el estado tiene que pagar estas campañas, si bien es
un pequeño porcentaje de lo que se invierte, le termina generando un costo a la
nación (Por lo menos acá en Colombia) Llega entonces a las manos del incauto,
el panfleto de un rostro sonriente, un slogan junto al logo del partido, es
todo lo que termina por saber el ciudadano, el político ofrece solo una imagen
superflua de sí, pero termina vendiendo una realidad, en ocasiones una mucho
peor: la de un funcionario que no lo representa, que le miente, y que esencialmente
está allí como un favor político, o por su propia ambición. A esta simple y
mundana regla del capital se somete algo tan esencialmente importante como lo
es la política, es el engaño puro de vendernos un producto que al final no va a
cumplir su función, nada más antiético que convertir a la democracia en una
mercancía. Mucho peor si la estrategia es el engaño. El tema de la política
debe elevarse a donde el debate público sea la esencia, el mercado electoral lo
rebaja a un subproducto de la democracia y la libertad.
Este sistema de elección popular, que lleva
años sosteniéndose bajo las mismas dinámicas, sometido a las cuasi anárquicas
pulsiones que permean las reglas del libre mercado, ya no solo resulta antiético,
sino que también es desgastado, obsoleto y de por si innecesario, y es aquí
donde los partidos juegan un rol esencial en su sostenimiento: la ideología,
algo que estaría bien quizás para las sociedades democráticas más tempranas
pero que, para esta la era digital en donde todo se sujeta a una mayor demanda de
dinamismo y transparencia, no deja de ser más que un absurdo. El tema de las
ideologías del cuál parte el nefasto veneno que representa para la mente humana
ser el adoctrinamiento, es algo que sin duda alguna debería quedarse solo en
libros de historia.
Hoy el movimiento social está muy por encima
de la ideología, el partidismo y como lo he mencionado en varias veces, el
espectro político no hace más que dividirnos en un plano donde todos nuestros
intereses deberían confluir en torno a un mismo propósito, hacia un mayor
dinamismo y efectividad en la aplicación de la política, un terreno práctico
orientado hacia la ciencia misma donde el principal objetivo tendría que ser el
bienestar humano y la preservación de entorno saludable, nunca en la defensa de
ideales y principios que solo ayudan a formar mentes pasivas, perpetuando así
un sistema que solo funciona para unos pocos.
Habiendo determinado lo insustancial que resulta
la concepción ideológica, esencia de todo partido o movimiento político, nos
damos cuenta de por qué los partidos deben acabarse, y es en principio, porque
su función resulta inútil y problemática. En Colombia en el comienzo del 2000 y
con la llegada de la nueva constitución se llegaron a conformar 64 partidos
políticos, lo que demostró contundentemente la función real de los mismos.
Actualmente llegamos a 35 partidos con aval político y como algunos expertos
señalan, todo esto culmina en la atomización del pluralismo y la ejecución de
diversos delitos electorales.
Actualmente los partidos más influyentes, los
tradicionales conservador y liberal, junto a los alternativos como Centro
Democrático, Cambio Radical y Polo democrático, coinciden en que, si bien se
mueven hacia cualquiera de los dos lados del espectro, su esencia es
democrática. No obstante, dichos partidos al contar con las figuras más
prominentes e influyentes en la política nacional, se han convertido en
verdaderos fortines para las ideas que mantienen al país en un estado en donde
los males sociales son normalizados. Prácticamente, y como lo ha demostrado el
actual gobierno cuya bandera es el cambio, los partidos políticos (Incluso los
que lo avalaron en un principio) han torpedeado de una u otra manera las
reformas que buscan acabar con los flagelos que más han afectado el desarrollo
del país: la corrupción y la precariedad laboral. De esta manera vislumbramos
que el papel principal de los diversos partidos, especialmente aquellos que existen
de tiempos inmemoriales, es el de mantener la división pasiva que sostiene un sistema
que reluce por todo menos por ser verdaderamente democrático y libre.


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