sábado, 17 de diciembre de 2022

La guerra contra las drogas debe acabarse

               "Cuando los ricos se hacen la guerra, son los pobres los que mueren" Jean Paul Sartre

En Estados Unidos es alarmante el consumo de una droga que se está apoderando de las calles, especialmente en Kensington, Filadelfia; se trata del fentanilo, es un fármaco legal, de uso restringido y se usa para controlar el dolor, especialmente en pacientes terminales, no obstante, los cárteles y traficantes están fabricando y comerciando un fentanilo más económico y con peligrosos agregados, este es el que sin duda está llegando a los consumidores de las calles en el país del norte, y no solamente allí, se ha encontrado esta droga en varios países del mundo. El principal problema de esta droga es que ha causado un gran porcentaje de muertes por sobredosis.


En Bogotá Colombia, durante la temporada de diciembre han muerto más de una veintena de personas por la venta de alcohol adulterado, estas son bebidas embriagantes fabricadas con metanol, en vez del etanol que usa para fabricar el alcohol legal. El metanol en principio es un alcohol muy parecido al etanol, pero sus efectos en la salud son devastadores pudiendo ocasionar la muerte.

La pregunta que surge en torno a esto es ¿Por qué siendo legales dichas sustancias aún sigue siendo un problema de salud pública? Esto haría pensar a muchos inmediatamente que la legalidad de las drogas no va a contener los problemas enraizados a su consumo, lo que convertiría este paradigma en algo meramente ilusorio, entonces se optará por mantener el modelo de siempre, el que prevalece en la ilegalidad de las sustancias psicoactivas, así se termina pensando que siempre será mejor desincentivar la producción, castigando a los fabricantes y comerciantes de estas sustancias y prohibiendo su consumo.

Este modelo de prohibición fue implantado desde el siglo pasado en Estados Unidos, teniendo como consecuencia un aumento en la criminalidad, la corrupción y por consecuencia en las muertes. El alcohol para los años 20 y 30 se seguía comercializando a un costo mayor, al ser más dispendioso también se recurrió a su fabricación casera, sin ningún tipo de control y con potenciales daños para la salud. En Latinoamérica especialmente en los países productores de coca y marihuana, los grandes conflictos de orden público han sido en gran medida debido al negocio ilícito del narcotráfico, trayendo no solo más de un millar de muertes a lo largo que lleva esta guerra declarada contra las drogas, sino que también, favoreciendo a la proliferación y fortalecimiento de guerrillas, grupos paramilitares y principalmente carteles y pandillas, sumiendo a países como Colombia, México, El Salvador etc. en una espiral donde se han producido más muertes por cuenta de un desenfoque de la realidad, que sin duda alguna se evitarían si se pasara a un paradigma de despenalización y regulación.

 


En un principio, el modelo de prohibición pudo tener un relativo éxito, (o por lo menos eso se creyó),  porque para comienzos del siglo pasado las ciudades eran más pequeñas y controlables, pero con el fenómeno de la inmigración y el sobre poblamiento de las ciudades, ya no sería tan eficiente y estamos hablando de hace más de un siglo, y aun así los gobiernos siguen implementando básicamente las mismas estrategias, que han resultado no solo ser un fracaso sino que gracias a estas, la corrupción, la negligencia estatal, la migración y el acaparamiento de tierras entre otras problemáticas han llegado a unos niveles tan altos, que la sociedad no ha tenido otro remedio más que normalizar dichas problemáticas.

Prohibir el exceso de velocidad no ha hecho que los conductores anden más despacio, construir calles más pequeñas ha desincentivado el uso del auto, el uso del automóvil no se puede prohibir, pero si restringir, crear ciclo vías y mejorar el transporte público, así como una campaña de sensibilización para usar menos vehículos contaminantes, hace que la gente desista del uso del auto, lamentablemente en Latinoamérica son pocos los países que han entendido y logrado este último enfoque. Si queremos que se reduzca el consumo de las drogas, necesitamos desincentivarlo, pero como no se trata de un simple objeto, puesto que el problema va hacia lo más profundo de la psique, es un tema que implica todas las condiciones humanas, entonces no es cuestión de desincentivar, sino de prevenir (Lo cual hace que sea un problema de salud pública), pero más allá de todo, es una cuestión de incentivar a la vida, a la existencia, la búsqueda de la felicidad y esto no se logra con restricciones y reducción de espacios como han hecho con los vehículos, se logra ampliando horizontes, es decir, dando más libertad a la gente y no es la libertad como muchos la conciben desde el ámbito legislativo, la libertad en el ser humano se debe redefinir como las oportunidades que se presten en la vida para lograr la realización humana y esto no se alcanzará si se mantienen las brechas, las injusticias, el olvido, la indiferencia. Por ejemplo, no es libre una persona que se obliga a trabajar, y cuyo trabajo en vez de ayudarle a su realización personal solo sirve para sostenerle. No es libre el estudiante al que no se le ayuda a encontrar su vocación y se le obliga a llevar uniforme. No es libre la persona que debe pagar altos precios en sus alimentos. No es libre una comunidad que pueda suplir sus necesidades básicas de agua, electricidad y vías para el transporte. No es libre a la persona que se le niega un crédito y no se le da la oportunidad de condonar una deuda. No es libre el joven que se deja a la deriva para que destruya su vida con el abuso de las drogas y no se procure su rehabilitación. El desdén a la condición humana es lo que destruye la libertad. Un Estado que prefiere gastar millones de dólares en erradicar la producción y venta de estupefacientes, en vez de reorientar este presupuesto para ayudar a erradicar la marginalidad económica, se convierte en una prisión para su pueblo, así de simple, la guerra contra las drogas nunca se ha ganado y nunca se ganará, es una espiral que nos encierra a todos en un ciclo de batallas perdidas y pobres victorias, la muerte es su precio.  Para la muestra un botón, entre el año 2005 y 2014, Colombia gastó 79 billones de pesos ($40 mil millones de dólares de la época) en la aspersión de glifosato para erradicar cultivos ilícitos, dinero que pudiera haberse invertido en mejorar la infraestructura vial tan necesaria para frenar el aislacionismo de las regiones mas pobres.  

Volviendo a la cuestión inicial ¿Por qué siendo legales dichas sustancias aún sigue siendo un problema de salud pública?, no hace falta explicarlo, las adicciones que llevan al abuso son un trastorno de la psique, el abuso de las drogas en un síntoma de una sociedad enferma, ¿Y que es en sí la enfermedad? Un desequilibrio, un desorden, una alteración provocada por agentes externos e internos, en el orden lógico primero se trata al paciente, pero el fracasado modelo de lucha contra las drogas ilícitas hace lo contrario. Prácticamente los medios de prevención se han dejado a un lado y es porque debido al alto déficit público de algunos países, es casi imposible financiar en la misma proporción el aparato judicial y la elaboración de un modelo preventivo y de rehabilitación, es una cosa o la otra y el camino más acertado es el de adoptar el modelo preventivo, pues tiene menor coste, es más controlable y nos evitará tantas problemáticas en la sociedad como la corrupción.

 

 


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